En el febril panorama tecnológico de la década de 2010, la "Computación Invisible" fue anunciada como el destino último de la Interacción Humano-Computadora (HCI). El sueño era simple pero embriagador: una pantalla que se disolviera en la anatomía, eliminando la fricción de los dispositivos portátiles y el estigma social de los voluminosos cascos. Desde las superposiciones tácticas de Terminator hasta la realidad aumentada perfecta de Black Mirror, la lente de contacto inteligente era el santo grial de la tecnología vestible.
Sin embargo, al adentrarnos en 2026, la industria ha llegado a un consenso sombrío. La carrera multimillonaria por colocar una pantalla en el ojo ha terminado no con un estallido, sino con una retirada estratégica. Este informe deconstruye cómo este comienzo visionario colapsó bajo el triple peso de las limitaciones biológicas, la gravedad regulatoria y una lógica comercial fragmentada.